“ORANGE IS THE NEW BLACK”, una de lesbianas y cárceles

Piper. Quedaos con este nombre. Y apuntad también en vuestra agenda de adictas a las series “Orange is the new black”. Ahora, seguir leyendo, y sabréis qué tiene que ver Piper con esta serie que arrasa en Estados Unidos y cuya segunda temporada verá la luz el 6 de junio en Netflix.

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Mezclad en una coctelera televisiva la historia de una joven en una prisión de mujeres y a Jenji Kohan, creadora de “Weeds”, y tendréis como resultado la serie revelación de esta temporada: “Orange is the new black” (martes, 22 horas, Canal+ Series).

¿El tema? La vida cotidiana en la cárcel de mujeres en la que se puede utilizar un destornillador como consolador, donde la cocinera es una combinación de un capo de la mafia y matriarca rusa y hay gallinas que aparecen y desaparecen; un lugar en el que igual te enfrentas a una butch, old style, que a una transexual que se queda sin terapia hormonal o a una hippy iluminada y sus clases de taichi; donde el gueto de hispanas y el de afroamericanas mantienen una lucha constante, las jerarquías están para respetarse y el sexo en las duchas y la biblioteca están a la orden del día sin que sea el tópico, sórdido y aburrido, por lo previsible, drama lésbico carcelario. No. Jenji Kohan apuesta por el humor inteligente para enfrentarse a las relaciones entre las internas, a sus pasados y a sus vidas y a sus crímenes.

La serie está basada en el libro de Piper Kerman, “Orange is the new black. Crónica de mi año en una prisión federal de mujeres” (Ariel), en el que su autora relata su experiencia carcelaria tras ingresar en la prisión de mínima seguridad FCI Danbury (Connecticut).

Piper, una auténtica WASP que nació en Boston en 1969, tuvo un mal año en su vida. Quién no. Pero el suyo fue especialmente oscuro: en 1993 estaba liada con una traficante y acabó con ella haciendo de mula para el transporte de dinero y de drogas por todo el mundo, y es que el amor puede ser muy tóxico. En 1998, fue declarada culpable por tráfico de drogas y blanqueo de dinero y fue condenada a 15 meses de prisión.

En el 2004 Piper ingresó en la cárcel. “Por supuesto, la cárcel me cambió, pero no solo por perder la libertad, sino porque cambió mi perspectiva sobre un buen número de cosas. Cuando entras en la cárcel, lo único que tienes es miedo, no hay curiosidad porque el pánico lo ocupa todo. Lo último que esperas es que la gente empiece a preocuparse por ti, pero eso es lo que me pasó a mí: las presas me ofrecían una taza de café, una manta o un cepillo de dientes. Así que, durante ese proceso, todo lo que te habían metido en la cabeza desaparece y da paso a una época de observación donde lo único que intentas es no meterte en líos. Finalmente, te integras y pasas a ser parte de una familia. Sé que suena a tópico, pero así es como es”, explica Kerman, que tiene 44 años y se dedica a definir las estrategias de varias ONG que ayudan a mujeres en situación de riesgo de exclusión social y que es una activista a favor del cambio en las políticas penitenciarias.

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