El caso de Kirk Andrew Murphy y las terapias reparativas

Hoy Mara se ha despertado golpeada por la realidad. No había pingüinos gays de aniversario en su habitación, ni algún homófobo de tres al cuarto, blandengue e ignorante, cucaracha o ratón de iglesia. Mientras escuchaba en la tele que Gadaffi ha recurrido a las violaciones masivas como arma de guerra, suministrando a sus soldados viagra, leía en la web de Dosmanzanas.com el caso de Kirk Andrew Murphy, que se suicidó en 2003.

¿Y por qué la sombra de Kirk ha llegado hasta el año 2011? Porque sus hermanos han sido capaces de investigar las causas de su muerte y han llegado a la conclusión de que su muerte fue causada por los traumas que le generó una terapia a la que se sometió de niño para “corregir su comportamiento femenino”. Una terapia reparativa que imponía castigo físico, infligido por su propio padre, cuando no se comportaba como se supone debe hacerlo un hombre. 
Así que los que abogan por las terapias que han de repararnos, deberían pensárselo dos veces. O mejor tres. La primera vez deberían cuestionarse qué hay que reparar y por qué. La segunda, reflexionar acerca de su vocación mesiánica y su estúpida necesidad de juzgar a los que le rodean. La tercera pensar muy seriamente si el que necesita una reparación de urgencia, divina o humana, no es él mismo (o ella misma, que también las hay).
Lo más siniestro del caso es que el señor que le impuso la terapia a Kirk, financiada por dinero público del estado de California, es uno de los personajes más hipócritas del planeta: George Alan Rekers, fanático difusor de posiciones beligerantemente homófobas y fundador de Family Research Council (una organización de extrema derecha que, entre otras cosas, aboga por el rezo obligatorio en las escuelas públicas y privadas y por el derecho a discriminar a gays y lesbianas). 
Sin embargo, como suele ocurrir con los fanáticos, Rekers llevaba una doble vida. Y no muy divina (¿o sí?). El año pasado fue pillado con un acompañante que alquiló en la web Rentboy. Y el chico no se ocupaba únicamente de su equipaje, como insistiría Rekers tras ser descubierto por dos periodistas. Aunque, bueno, lo cierto es que sí debía ocuparse al menos de alguno de sus paquetes.




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