Del MNAC de Barcelona al París sáfico gracia a ‘El sueño’, de Courbet

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Una recomendación: la exposición sobre la influencia del realismo del pintor francés Gustave Courbet, que están dando en el MNAC de Barcelona hasta el 10 de julio. Indispensable entrar en el espléndido Palacio Nacional de Montjuïc para, en una de sus salas, ver, en vivo y en directo, el cuadro ‘El sueño’, tambien conocido como ‘Dos amigas’ y ‘Pereza y lujuria’. 
La LLP fue, estuvo y se entretuvo ante la visión que proponía Courbet del amor sáfico. La Pereza y la Lujuria compartiendo lecho es una de las primeras representaciones del lesbianismo en la Historia del arte. El cuadro data de 1866 y fue el encargo de un diplomático turco, Khalil-Bey , que también le encargó al artista francés su famoso cuadro ‘El origen del mundo’, que representaba el fragmento del cuerpo de una mujer –no le vemos el rostro- tumbada en una cama y dejando en primer plano su sexo. Nada más.
En ‘El sueño’ aparecen símbolos evidentes, como un collar de perlas roto, que escenifica alegóricamente el pecado cometido. Estamos en la época del Segundo Imperio, cuando la recuperación de Safo era una moda que se extendió hasta alcanzar a una de las heroínas de la Liga de las Lesbianas Planetarias: Natalie Barney.
Baudelaire escribió en “Las flores del mal” varios poemas dedicados al amor sáfico: Mujeres malditas 1 (Delfina y Hipólita), Mujeres malditas 2 y Lesbos. Su visión del lesbianismo es oscura y es, junto con Coleridge, que escribió una balada, “Christabel”, en la que había una lesbiana vampiresa, el responsable de uno de los estereotipos literarios de lesbianas más duraderos del siglo XIX: la amante seductora y,  la vez, monstruo estéril.
También Teofile Gautier (1811-1872) escribió una novela sobre lesbianas: “Madmoiselle de Maupin”, en 1835, la historia de Madeleine Maupin, una joven muy atractiva que decide vestirse de hombre para viajar por el mundo y aprender todo lo que le está vetado a su sexo. Tras llegar a un castillo, como Teodore de Serannes, conquista a su dueño, D´Albert y a su compañera Rosette. La noche antes de partir, revela cuál es su sexo y satisface al hombre y a la mujer de manera consecutiva. La novela acaba con una descripción de la huella de dos cuerpos que permanece en la cama de Rosette a la mañana siguiente.
Balzac: Trató el tema de amor entre mujeres y de manera especial en “The girl with the golden eyes”, de 1835, el mismo año que Gautier publicó Mdmlle. De Maupin. Es la obra en la que trata de manera más provocativa el tema, algo que convirtió este texto en uno de los clásicos lesbianos del movimiento de la decadencia. La protagonista, la Marquesa de San Real, una mujer pálida de instintos asesinos se convirtió en un prototipo cuya maligna influencia puede percibirse en “Las flores del mal” de Baudelaire, “Lesbia Brando”, de Swinburne, y en “A woman appeared to me”, de Reneé Vivien.  
Proust, igual que otros decadentes franceses, también sintió fascinación por el tema de las lesbianas, un tipo de amor que llamaba “amor estéril”.           
Pierre Loüys escribió en 1894, “La canción de Bilitis”, que pretendía ser la taducción de los poemas griegos de Bilitis, una cortesana que formaba parte del círculo de Safo en Mitilene. Se hizo muy famosa en su época retrata a Safo como una pedagoga erótica, cuya vocación es iniciar a las jóvenes en los placeres del sexo lésbico. La trama de la historia es la lucha entre bilitis y Safo por la bella Mnasidika.
Y en medio de esta apropiación masculina de la tradición sáfica y lesbiana, Natalie Barney, quiere recuperar a Safo como referente puro del lesbianismo, alejado de la tendencia masculina de estigmatizar, heterosexualizar o minimizar su importancia. No olvidemos que Safo era considerada por Platón, la Décima Musa. Lo que hace Natalie es recoger el testigo que ya llevaron otras mujeres como Katherine Phillips (1631-1664), que concibió con un grupo de mujeres la “Sociedad de la amistad”, un espacio literario en el que las poetas podían intercambiar versos y emociones, o Aphra Behn, que se inscribe en la tradición de Apolo tanto como en la de Safo (en uno de sus versos le reclama a Dafne el laurel de los poetas ”por un doble derecho/ Por mi sexo y en nombre de Apolo / Permíteme, oh siempre sagrada ninfa, adornada por ti / estar con Safo y Orinda / y concede inmortalidad a mis versos”).
Así que id, si podéis, al MNAC y deteneros unos instantes en la obra ‘El sueño’. Recrearos en los pliegues de las sábanas, en las perlas derramadas, en un cáliz que reposa en la mesilla, en el rostro de las dos mujeres y pensad que esa visibilidad fue una excepción. Maravillosa excepción, eso sí.
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